viernes, 9 de diciembre de 2011

La Invención de Hugo: Un juguete con poca cuerda

Martin Scorsese ha sacado película nueva, así que tocaba ir a verla, aunque con muchas reservas a costa del trillado trailer con que se anunciaba. Sin los gángsters ni Nueva York que son marca de la casa del director (la acción tiene lugar en París), La Invención de Hugo es una película con encanto prefabricado y previsible, con ciertos brochazos maravillosos que nos recuerdan que detrás de la cámara está uno de los mejores cineastas de la historia.


La película está basada en un cómic en blanco y negro, que en la versión cinematográfica se ha vuelto una paleta de colores basada en naranja y azulón (teal en inglés, xarxet en catalán), como se puede apreciar en la foto. Esta paleta ya se ha criticado por ser demasiado habitual en películas de acción y terror Hollywoodienses, porque se usa ya casi por defecto. Aunque en un principio esperaba que la paleta cambiara (y lo hace un poquito en la segunda mitad de la película), la manipulación digital de photoshop barato me ha puesto de mal humor. ¿Qué narices hace Scorsese imitando a Michael Bay?

El argumento es bastante previsible, con una tendencia irritante a enfatizar las metáforas en el diálogo ("¡eres como una máquina, estás roto y necesitas que te arreglen!"), y a hacer explícitos los motivos y los pensamientos de los personajes. En manos de otros, esto hubiera sido un bodrio, pero el reparto maravilloso en el que hasta los papelitos pequeños tienen un actorazo, la factura visual, y una hechizante banda sonora de Howard Shore salvan la historia, y hacen que la película merezca la pena. Bueno, Sasha Baron-Cohen y sus gracietas están un poco fuera de tono, pero puede llegar a ser tolerable.
 
La joyita escondida de La invención de Hugo se encuentra en la segunda mitad de la historia, en la que Scorsese escribe una carta de amor al cine mudo, en particular a las películas de Georges Méliès. Los ratos en los que nos lleva a las ferias donde se proyectaban las primeras películas, y nos muestra como se rodaban, nos transporta a un tiempo en el que hacer películas era cosa de magia, y poder verlas significaba caer en el hechizo del celuloide. Vemos películas que se hacen por amor al séptimo arte, no para arrasar en taquilla; de la misma manera, Scorsese brilla en sus homenajes a Harold Lloyd, a Buster Keaton, a Chaplin y a Méliès, mientras que el resto de la película parece más hecha por un director a sueldo. A ver si para la próxima le dejan un presupuesto más modestito a tito Marty, y así se nos luce como acostumbra.